Llego a Madrid en el nuevo tren que para mi sorpresa pasa por Segovia, que iba yo leyendo y ni me enteré hasta que no noté que se paraba y levanté los ojos y vi la fabrica de chorizos y el centro comercial “Luz de Castilla” y la nueva estación “Guiomar” y pensé en el arte poético que tienen los de mi provincia de adopción vía matrimonial para poner nombres. Desde la estación llamé al cachorro para darle la buena nueva, “hijo, que ahora tenemos vía directa”.En Madrid me reciben el sol y mis cuñados “ya tenemos las entradas para Modigliani, y verás, de camino a casa vamos a ver una exposición de esculturas enormes que han puesto en la calle” y veo que las esculturas son las mismas que tuvimos en el paseo de la playa de la Zurriola en el verano, bromas sobre las prioridades autonómicas de la Caixa, hago un comentario jocoso sobre las estatuas y pienso en otros que nos hizo una monja jubilada (de curro que no de monja) con mucha chispa acerca de los atributos masculinos de las mismas que hizo que al verlas miráramos especulativamente la citada parte... Pienso que el pasado, el presente y el futuro van de la mano.
Modigliani y la melancolía de sus retratos. El Thyssen se me quedó corto y me fui un día sola a ver el de Caja Madrid. Descubro al llegar que enfrente tengo el “Monasterio de las Descalzas Reales”, una enorme cola es lo que lo delata pues por fuera no se distingue de otro de los muchos edificios preciosos que hay en esta ciudad. “¡Bien!”, me digo, puedo aprovechar para verlo y así tachar una de las tareas de la lista “Cosas que me quedan por hacer y has de hacer tú”. Con la txirrintxa que tenías por verlo, que siempre lo pillamos cerrado en unas obras de restauración eternas, pues te digo que ni fu ni fa.
Tiendas, cerveza, tabaco, charlas. En una charla cruzada de barra de bar mientras parece que escucho otra cosa oigo que me dicen “es que no es imposible, uno se puede enamorar varias veces a lo largo de su vida” y comprendo que no comprenden.
Mientras camino por esta ciudad grande y llena a rebosar pienso en lo agradable que resulta el anonimato, en que cada vez se parece más a una nueva Babel, en la Solateras a quien intuyo cerca, en que los sin techo son iguales en todas partes, me admiro de su tráfico con sus propias normas, de la primavera y de que Madrid tenga tantos árboles.
Me acerqué dando un paseo a ver las puertas que ha hecho Cristina Iglesias para la ampliación del Museo del Prado, me habría gustado ver el edificio de Moneo por dentro pero había demasiada gente. Los recuerdos me salen al paso: recuerdo una exposición de Cristina Iglesias que te encantó y las discusiones sobre los cubos del Kursaal y pienso que por donde quiera que camine el futuro ha estado en mi pasado y el presente se llena de ambos.
Regreso a casa y en la estación me espera mi niño con su niña y el trabajo en la persona de una ecuatoriana demasiado joven para tanta pena. Se llama Soledad. “¡Qué casualidad!”, me digo, para recordarme inmediatamente que no creo en las casualidades.
Al día siguiente la vida continua donde la dejé, con más plancha, eso sí, que planchar no se les da bien. Otra nueva despedida nada más llegar, la de Manuel, uno de nuestros chicos duros.
Ayer sábado quedé con una amiga en que yo la recogía en el coche. Al llegar sólo había otro coche, un pedazo de coche de cristales traseros tintados, dos tíos jóvenes y trajeados dentro, “escoltas”, me dije. Al poco apareció otro coche que se me plantó delante cerrándome el paso de modo que quedé encajada entre ambos, en un pis pas apareció María San Gil con una señora mayor, su niña pequeña y otro tío cuadrado que les abrió la puerta trasera, ella entró la primera y en segundos ya estaban todos dentro y en marcha. Me quedé allí mirando, pensando en el pasado, en ti mi amor tan poco dado a desvelar tus dolores pero que yo conocía por frases sueltas: “Tienes mala cara, ¿mal día en el trabajo?” “Sí, en el ayuntamiento ya no se puede andar por los pasillos hay más escoltas que trabajadores”. Ayer fue el futuro de hace unos diez años, a la vez que fue un presente que ya es pasado. Y así continúa la vida, tejiendo la trenza del tiempo con su pasado, su presente y su futuro.


