Entre Papá Noel, Santa Claus, El Niño Jesús, el Olentzero, el Amigo Invisible o los Reyes Magos me quedo con estos últimos creo que porque tuve la suerte de tener una infancia feliz en la que no faltaron nunca los Reyes a su cita y la de que fuera un día de Reyes cuando Javi y yo nos dijimos que éramos algo más que amigos. Tengo pues asociado este día a cosas gratas y como el perro de Pavlov se me desatan las glándulas salivales ante su sola mención. A eso también se le puede llamar ilusión, pero con uno o con otra no deja de ser este un día de distorsiones de la realidad reforzado por los regalos. Lo sé y no me importa. Celebro y venero este día que considero mágico (con lo cual hago abstracción total de cualquier análisis psicológico) y que espero que la vida me preserve. Amén, amén, amén.
Los tres regalos de Reyes más importantes en mi vida, por orden de aparición, han sido: los libros que siempre me traían, un amor y una fenomenal nevada que nos sorprendió en el pueblo y nos tuvo aislados dos días.
Y la Nancy, los pijamas, el perfume de mi madre que nos dejaba oler y hasta ponernos unas gotitas, el diábolo para uno de mis hermanos, el fuerte de madera con sus soldados, sus indios y caravanas para otro, las camisas a mi padre y los pañuelos para el cuello de mi abuela (me extrañaba la poca imaginación que los Reyes Magos tenían con los mayores), los patines de hierro o el jersey con su rebeca a juego para mi hermana y para mí, los cacharritos con su cocinita, el coche dirigido a uno de mis hermanos (que no nos dejaba tocar), las sonrisas y los ojos brillantes de alegría, y el plumier de madera, el tentetieso, o las bragas y la camiseta (la muda se decía entonces) de perlé con lazos que tanto odiaba y no entendía como se empeñaban en traerme si no las pedía.
Y el chocolate y el rosco...
Por cierto, algunas de esas amigas invisibles (en el blog se entiende) me han hecho unos comentarios que me han dejado preocupada. Según parece mi último post, que yo creía tan claro, se ha mal interpretado. Aclaro: mis gustos y creencias pasan y se detienen en muchas cosas pero no están entre ellas la hagiografía. Luego quien se ha equivocado no me conoce ni siquiera un poquito o lo han leído pasando los ojos solo por encima. Cabe la posibilidad de que el texto fuera demasiado hermético, que no lo creo, y por si acaso lo aclaro: el autor se apoya en una leyenda para hablar del inconsciente (el oso), del ego (el santo) y de la necesidad que tenemos del inconsciente, que es un servidor fiel que nos ayuda a conocernos, es decir, que nos alimenta y al que nosotros hemos de atender y cuidar pues sino acabaría por devorarnos (la mantícora). Ese era el regalo, una reflexión. Pero explicado pierde toda la poesía.
En fin me voy a dejar de regalos sutiles y voy a ir directa al grano: me uno a los deseos de Barenboim y pido “paz en el mundo y justicia humana en Oriente medio” y en el resto del mundo a poder ser, aunque suenan tan utópicos como que los osos y los santos convivan pacíficamente. Pero por desear que no quede.
Los tres regalos de Reyes más importantes en mi vida, por orden de aparición, han sido: los libros que siempre me traían, un amor y una fenomenal nevada que nos sorprendió en el pueblo y nos tuvo aislados dos días.
Y la Nancy, los pijamas, el perfume de mi madre que nos dejaba oler y hasta ponernos unas gotitas, el diábolo para uno de mis hermanos, el fuerte de madera con sus soldados, sus indios y caravanas para otro, las camisas a mi padre y los pañuelos para el cuello de mi abuela (me extrañaba la poca imaginación que los Reyes Magos tenían con los mayores), los patines de hierro o el jersey con su rebeca a juego para mi hermana y para mí, los cacharritos con su cocinita, el coche dirigido a uno de mis hermanos (que no nos dejaba tocar), las sonrisas y los ojos brillantes de alegría, y el plumier de madera, el tentetieso, o las bragas y la camiseta (la muda se decía entonces) de perlé con lazos que tanto odiaba y no entendía como se empeñaban en traerme si no las pedía.
Y el chocolate y el rosco...
Por cierto, algunas de esas amigas invisibles (en el blog se entiende) me han hecho unos comentarios que me han dejado preocupada. Según parece mi último post, que yo creía tan claro, se ha mal interpretado. Aclaro: mis gustos y creencias pasan y se detienen en muchas cosas pero no están entre ellas la hagiografía. Luego quien se ha equivocado no me conoce ni siquiera un poquito o lo han leído pasando los ojos solo por encima. Cabe la posibilidad de que el texto fuera demasiado hermético, que no lo creo, y por si acaso lo aclaro: el autor se apoya en una leyenda para hablar del inconsciente (el oso), del ego (el santo) y de la necesidad que tenemos del inconsciente, que es un servidor fiel que nos ayuda a conocernos, es decir, que nos alimenta y al que nosotros hemos de atender y cuidar pues sino acabaría por devorarnos (la mantícora). Ese era el regalo, una reflexión. Pero explicado pierde toda la poesía.
En fin me voy a dejar de regalos sutiles y voy a ir directa al grano: me uno a los deseos de Barenboim y pido “paz en el mundo y justicia humana en Oriente medio” y en el resto del mundo a poder ser, aunque suenan tan utópicos como que los osos y los santos convivan pacíficamente. Pero por desear que no quede.
7 comentarios:
Me siento aludida porque en tu último post sólo encuentro un comentario mío y otro de Elefancia. Sin embargo no entiendo qué te puede preocupar de mi comentario. No te considero aficionada a la hagiografía y, aunque así fuera, me parecería muy bien, cada uno se aficiona a lo que le da la gana. Y soy muy cortita pero creo que no tanto como para no haber entendido el texto.
A ver si la que no me he explicado bien soy yo.
No me he explicado bien y lo siento, las amigas invisibles son unas brujas que no aparecen por el blog pero que me hacen sus cometarios en cuanto me ven y hubo un par de ellas que me preguntaron con guasa si lo del santo ese lo habíamos estado estudiando en teología (llevo un par de años apuntada a asignaturas sueltas) y como me piqué he puesto esto en el comentario.
Vuestros comentarios me parecieron inteligentes a la vez que simpáticos.
Me encantó el post del oso mantícoro santo, y mi comentario, aunque por la tangente, era de bromillas; aprovechaba una vez más cualquier espacio amigo para decir que mi J. es guapísimo y que es mi oso y mi inconsciente y mi san diablo. Por otro lado, me parece que lo has explicado con mucha poesía, que a veces la claridad la tiene, o sea que me ha venido genial ese pequeño punto sobre la i. Lo que siento es que no te hayan comprendido por ahí, pero ese riesgo hay que asumirlo cuando se escribe en alto. Y me encanta este otro post tan materialista y tan espiritual al mismo tiempo. Tus Reyes sí que eran guays. Un bloguero al que visito hacía la reflexión de si esto que llamamos ilusión no será a veces más bien una cierta avidez, pero yo me quedo con la avidez de ilusión con la que vivimos.
Un abrazo y enhorabuena por la nueva apariencia de tu blog. Me gusta.
¡Puf! Me quitas un peso de encima porque no entendía nada.
Con tanto lío se me ha olvidado decirte que está muy elegante tu blog con este granate.
Elefancia querida nunca te agradeceré bastante tus bromillas llenas de ingenio y amor pues que algo me haga sonreír es un gran alivio ya que tengo terror a la amargura, por lo demás completamente de acuerdo contigo: yo también me quedo con la avidez de la ilusión sobre todo como terapia a las sobredosis de realidad que me pego.
Solateras no sabes que sofocón me llevé al leerte, que me dio hasta taquicardia. Javi ya me decía que yo creía que se me leía el pensamiento... no me di cuenta de que se podía interpretar mal.
Besos a las dos.
Y también a las brujas amigas invisibles.
P.D.
Gracias por los cumplidos, ya sabéis "cuando el diablo no tiene nada que hacer con el rabo espanta las moscas"
Leer tu post me ha llevado a los días de Reyes de mi infancia y ha sido por ello doblemente hermoso. Gracias.
He conseguido entrar, a ver si también puedo dejarte algo más en este comentario: me encanta el nuevo aspecto y, sobre todo, el arcoiris de la foto de cabecera.
Un abrazo de oso.
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